Hoy a las 4:40 de la madrugada me siento frente a este teclado para recordarte una cosa, algo que no debes olvidar nunca, algo que será la verdad más grande que diré en toda mi vida, algo como esto:
Han pasado horas, días, incluso meses, pero sigues sentada aquí en la mirada que no deja de mirarte en cada rincón de la casa, es cada momento del día y en cada anhelo de esperanza.
Sigues persiguiéndome en sueños para hacerme despertar y saber que de nuevo has dormido en la noche, para hacerme comenzar de nuevo un día, con sus 24 horas, una tras otra, con una de las sonrisas más felices pero a su vez más tristes que haya podido posarse en este rostro que aún y para siempre te pertenecerá.
Muchos de estos días se hacen especialmente cuesta arriba porque cuando me ocurre algo y llego a casa buscando tu mirada para que veas que vengo mal de la calle y me digas: ¿qué te ha pasado hijo? ya no puedes preguntármelo, pero yo te lo cuento, porque me escuchas, lo sé.
Diriges cada uno de los motivos que me empujan a la calle para vivir un día más, para sonreír, disfrutar e incluso llorar, sí, llorar. Pensaba que no debía llorar, no debía venirme abajo, no debía. Ese no debía que tanto daño me ha hecho a mí. Debo y quiero llorar porque sí, porque te echo de menos.
Y TE QUIERO, como nunca supe querer a nadie, como no hace falta aprender a querer, como tú me enseñaste queriéndome a mí.
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